DESAPEGO ROMÁNTICO

Desapego romántico

Hoy Manuela cumple setenta y cinco años. No le gustan ni las felicitaciones, ni los regalos. Prefiere el cariño en el día a día. Viuda, pasa la vida encerrada en su enorme piso. En este momento, está desayunando en el salón, atiborrado de recuerdos, libros, fotos, esculturas. Pasando una mirada distraída por semejante batiburrillo, le asalta un pensamiento inesperado: ha llegado el momento del  “desapego romántico”. Nunca más limpiaría el polvo de tantos objetos, memoria del pasado, ni el suelo  interminable, ni vería pasar la vida desde la ventana, ni se miraría, agotada, en el espejo. Y se puso “manos a la obra”.

 

 Fuera el luto interior, la tristeza, la nostalgia. Cambiaría el enorme piso familiar — había que comprar una casa grande para comodidad de toda la familia, que no de ella — por un apartamento blanco, pequeño y luminoso. Su ideal desde joven. Eso sí, con una habitación para sus amados libros. Sólo los que quisiera conservar. Fuera literatura patriarcal y misógina que durante toda su vida había tenido que “tragar”. La acción es masculina. La emoción, femenina. Ergo, la acción es importante; la emoción, no. Empezaría a mirar para dentro. Volvería a ver Carta de una desconocida. Su estreno supuso borrar el desprestigio que hasta entonces tenían las women pictures.

 

Fuera el “Ángel de la casa” que había sido toda su vida y se comportaría como  el “Hombre de la casa”. Aprendería informática y sería un “as” de la tecnología. Contrataría una “señora de la limpieza” o, mejor, un “señor de la limpieza”. Y  ella, “a la calle, que ya es hora”.

 

Donaría o vendería regalos, recuerdos y todo lo que significara apego romántico. “Son cosas, los sentimientos los pones tú. Las cosas ocupan espacio y cogen polvo. A la larga, no te pertenecen a ti, sino tú a ellas. Te privan  de espacio y del tiempo que tienes que dedicar a su cuidado. Cuando te mueras tus herederos las pondrán en el contenedor. Anticípate tú y gana horas de vida”.

 

Sección fotos: adiós a la memoria familiar. Almacenadas las fotos en cajas, en  el altillo del ropero, las cedería a las generaciones venideras. Seguro que pasarían horas divertidas adivinando quién es quién. Nada de nostalgia  paralizante.

 

La ropa, lo último y no lo menos importante. Cogería cada prenda en las manos y meditaría. ¿Esto me hace feliz? ¿Estoy cómoda con esta ropa?  Sí…no,  sí…no. En caso de ser “no” la respuesta, donaría las prendas sin tener en  cuenta su precio.

 

Una vez todo aclarado, la gran pregunta: ¿Merece la pena hacer un traslado,  meterse en otro piso, aunque sea el piso ideal, con las pequeñas o grandes  complicaciones que esto conlleva? Mejor, buscar una lujosa residencia, cerca  de un centro comercial con una buena cafetería para merendar con las amigas  y apuntarse a todos los viajes del mundo mundial.

 

Sublime decisión, pensaba Manuela, mientras hojeaba el folleto con el anuncio del próximo crucero en el que pensaba embarcar.

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Comentarios

10.04 | 13:56

Me parece precioso el artículo y cómo lo expresas.
Gracias por tus sabias palabras que con el tiempo maduran en mi mente como lo hace un buen vino.

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17.05 | 21:08

gracias, de gran ayuda , sobre todo el análisis métrico.

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27.04 | 16:03

¿"Escribir para no pensar"...? Escribir para no llorar más bien-al menos en mi caso-
Es lo primero que he leido de tí y quiero decirte:!ADELANTE!

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27.04 | 15:51

De entrada no me sorprendes, pero sí me resuenas muy dentro, empatizo y nos reencuentro a las dos en tus palabras y en tu ilusión.

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