8 MARZO

8 MARZO

Capítulo  5 de la novela

 A  través  de  un  cuadro

(Nº. Registro Intelectual 201799901415311)

 

 

En  la  larga  marcha  de  las  mujeres  por  sus  derechos,  hubo  una  época  en  la  que  ya  no  se  tenían  que  vestir  de  hombres  para  ir  a  la  universidad,  pero  los  comentarios  denigrantes,  las  frases  sibilinas  y  el  menosprecio  continuaban.

La  conclusión  es  que  siempre  hay  que  seguir  luchando.

 

 

Después de la visita a María, los días de Marta transcurrieron con la monotonía de la vida docente: cumplir el horario lectivo, fines de semana para hacer las compras, preparar clases, corregir exámenes, ver alguna obra de teatro, alguna película interesante. La visita, los viernes por la tarde, a los niños enfermos del hospital era lo único que rompía su rutina. Antes de ir les compraba cuentos, peluches, juegos. Eso le hacía ilusión.

 Las relaciones sociales eran escasas. Rodrigo y ella siempre tuvieron dificultad para conectar con algún grupo de compañeros. En cambio, María y Agustín tenían casi todos los fines de semana algún compromiso: cenas en restaurantes caros o en casas de amigos, escapadas de fin de semana a buenos hoteles. María los animaba a veces a acompañarlos, pero ella rehusaba con cualquier pretexto. Ni pertenecían a ese ambiente ni económicamente se lo podían permitir. Muy de tarde en tarde, iban a casa de María a cenar. En rara ocasión, María y Agustín se acercaban a su piso.

En cambio, a Marta le encantaba que Emma viniera a su casa. Con ella se encontraba a gusto, se sentía de igual a igual, quizás algo superior, sobre todo, cuando Emma le pedía ayuda.

 

 Aquella noche de sábado fue una de esas ocasiones. Los tres acababan de cenar, charlando animadamente, pero Marta notaba a Emma distraída.

--¿Te pasa algo, Emma? Te noto preocupada—dijo Marta, empezando a recoger la mesa.

--Pues sí. Estamos a principios de diciembre y después de las vacaciones tengo que presentar en el seminario feminista que estoy haciendo un trabajo con el título “La mujer en una sociedad de hombres, un ejemplo práctico”. Al principio, me pareció fácil con Internet y todo eso, pero después la cosa se complicó. Me siento perdida.

--Internet no siempre te soluciona los problemas—exclamó Rodrigo con vehemencia y se levantó para buscar unas copas y el Baileys, que a Emma le encantaba.

--Bueno, Emma, no te preocupes. Ya buscaremos una solución—añadió Marta para suavizar la respuesta de su marido.

Rodrigo volvió con las copas y la botella. Emma no quiso seguir hablando de sus problemas. Intuía que a él no le agradaban demasiado aquellas reuniones, pero Marta insistía tanto y ella estaba tan sola que siempre aceptaba la invitación.

Después de la cena, charlaron un rato más. Emma se levantó para despedirse. 

--Bueno, tengo que irme. Es muy tarde y como dice mi abuelo: “El undécimo mandamiento, no molestar. Yo pienso igual.

--Tú nunca molestas. Ésta es tu casa—se apresuró Marta a responder.

Emma les dio las gracias en la puerta del piso y “La próxima en mi casa, cuando esté libre de niños”, dijo riéndose.

--Espera, bajo contigo al coche—añadió repentinamente Marta—.Será sólo un momento, Rodrigo.

--Las mujeres siempre con secretos, ¡cómo sois!

Las dos amigas bajaron en el ascensor, comentando las recetas de la cena.

-- Por lo de tu trabajo, no te preocupes. Si te parece bien, quedamos un sábado por la tarde en tu casa y lo organizamos todo. Se lo puedo decir también a María para que venga—le propuso Marta, antes de abrir la puerta de la calle.

--Os estaré muy agradecida. En esta época siempre estoy apurada de tiempo. Con el trabajo, las clases, los exámenes de los niños…La verdad es que el final de trimestre es  agotador.

--Quedamos entonces en que tú nos dices el día que te venga bien y después fijamos la hora. Precisamente tengo que hablar con María mañana y se lo comentaré. A ver qué piensa ella.

 

Cuando Marta le confirmó que María aceptaba encantada, Emma empezó a planearlo todo para que la reunión resultara perfecta. Los niños pasarían el fin de semana con el padre. Haría limpieza a fondo: cuarto de baño, cocina, ordenaría las habitaciones…Todo tenía que estar reluciente para cuando enseñara a sus invitadas las reformas que había hecho en el piso. Pasó revista y apuntó en su agenda los pequeños detalles: lavar y planchar el mantel y las servilletas, comprar un juego nuevo de tazas, informarse con disimulo de la marca de café que preferían, comprar pastas…Para ella era un honor que vinieran a su casa. Recordaba sonriendo lo que le decía su madre cuando era pequeña y le inculcaba la importancia del orden y la limpieza: “Hija, la limpieza es la riqueza de los pobres” y a fe que había tenido su madre éxito en el empeño.

 

El día acordado, un sábado frío y lluvioso de diciembre, Emma se levantó muy temprano. Se asomó a la ventana y frunció el ceño. “Tengo que darme prisa para tener todo listo a las cinco. Deberían darme un diez en organización práctica de la vida, pero eso, por desgracia, no se puntúa en ninguna asignatura”. A las cinco menos cuarto, toda la casa estaba en perfecto orden. A las cinco sonó el timbre. Era Marta.

--¡Qué día se ha puesto!—exclamó con gesto de disgusto, quitándose la gabardina y dándole el paraguas a Emma--.Menos mal que Rodrigo me ha podido traer.

Poco después, el timbre anunció la llegada de María. Entró, sonriendo. Marta la examinó de arriba abajo: sombrero Borsalino, gabardina de Burberry, un precioso pañuelo de seda natural y un bolso de marca que no había podido identificar.

--Buenas tardes, es un decir. ¿Dónde puedo dejar el paraguas?

--Trae, yo lo pongo dentro para que se seque. Me encanta este bolso, te lo digo cada vez que lo veo—precisó Emma.

--Te lo dejaré en herencia— le contestó María, sonriendo y saludando a la vez a Marta con la mano--.Ya estamos las tres. ¡Qué tarde más buena para reunirnos y preparar el trabajo! Con tardes así dan ganas de ponerse a estudiar. Además, Agustín tiene una reunión con unos  amigos en casa para tratar de negocios y me ha encantado tener una excusa para salir. Hemos quedado en que él vendría a recogerme. Me espera en el coche a las ocho.

--Venga, antes de sentarnos, os voy a enseñar los cambios que he hecho en mi casa—propuso Emma--. Es pequeña y está lejos del centro, pero para mí es lo mejor del mundo. Como dicen los ingleses: “Mi casa, mi castillo”. Aquí me siento a salvo de todo.

--Los cambios han quedado muy bien—comentó María, mientras las tres amigas se asomaban a las habitaciones.

-- ¿Queréis tomar café ya o empezamos y después hacemos un descanso?

--¿Por qué te molestas, Emma? Hemos venido a ayudarte y no a darte trabajo—protestó María cuando se sentaron.

--Es un placer para mí. No se hable más. Traigo el café y podemos hacer las dos cosas a la vez.

Al momento, estaban las tres sentadas confortablemente en el salón con el mantel y las servilletas planchadas, las tazas nuevas, las pastas y un delicioso olor a café .La luz indirecta de la lámpara de pie y de los apliques de la pared proporcionaba un ambiente en penumbra apto para las confidencias. Emma sirvió el café mientras hablaban de cuestiones familiares y de cómo celebrarían las próximas navidades. Las tres coincidieron en visitar a la familia, cuestión de obligado cumplimiento. Emma estaba encantada con el ambiente tan agradable que había conseguido crear y su comentario cerró la conversación.

--Después de tantas reuniones familiares y tantas comilonas, ¡qué bien se está en casa, con la rutina de cada día!

María la animó a entrar en materia.

--Bueno, ya sabéis el  título del trabajo:“La mujer en una sociedad de hombres, un ejemplo práctico”, pero no sé ni por dónde empezar. Es un tema muy extenso y temo perderme. Esperad un momento, que voy a subir luz de la lámpara y a coger folios y un bolígrafo para tomar notas.

--Yo he pensado que podrías tener como hilo conductor el derecho al voto de las mujeres—propuso Marta--.Ese tema lo tengo muy trabajado.

--Sigue pareciéndome extenso—respondió Emma.

--Puedes seleccionar los países que te parezcan más significativos. Por ejemplo, el derecho al voto les fue concedido a las mujeres en Francia en 1944, en España en 1931, gracias a la lucha de Clara Campoamor--aclaró Marta, leyendo el folio donde tenía anotada la propuesta.

--“Concedido”, tiene gracia la palabra. Me pone enferma que una parte de la sociedad se “digne” conceder sus derechos a la otra parte—exclamó Emma con vehemencia.

 Maria intervino pasando por alto el comentario de Emma.

--También puedes orientarlo hacia el hecho de que las mujeres hasta anteayer tenían que escoger entre la familia y su vocación. Esta elección se puede observar desde la mitología clásica hasta Montalcini. Si te decides por una figura femenina relacionada con la literatura, mi propuesta es Rosalía de Castro. En 1866 publicó un artículo que se titulaba “Las literatas: carta a Eduarda”. Para mí es muy representativo de lo que suponía  ser mujer en un mundo de hombres.

-- Si eliges el tema del voto, te puedo proporcionar datos que ilustren la dificultad del empeño—añadió Marta, abriendo una carpeta--. Aquí traigo algunos apuntes que te pueden servir.

--Recuerdo una serie que vi, sin comprenderla mucho porque era muy joven, sobre las sufragistas. Estaban en huelga de hambre por el derecho al voto y eran alimentadas a la fuerza con un embudo—dijo María en tono apesadumbrado.

--Otra manera de desprestigiarlas era ridiculizándolas. Por ejemplo, la madre en la “inocente”película Mary  Poppins – comentó Marta.

--¡La madre que parió a más de uno! ¡Y que haya gente que no vota porque prefiere irse a la playa!—exclamó Emma, animándose al ver el sesgo que tomaba su trabajo—.Bien, veamos la segunda parte: un ejemplo práctico.

--En mi opinión, —aclaró Marta—la revolución del siglo XX ha sido la de las mujeres. Ha sido una revolución silenciosa y lenta. Ha ido pasito a pasito, generación a generación, sin cortar la cabeza de nadie, con mucha dificultad porque se mezclan sentimientos, emociones, razones y derechos. Empieza teniendo que enfrentarse a la propia familia para ir ampliando el círculo. Es muy difícil que el colectivo masculino renuncie a los privilegios que la sociedad le concede por el solo hecho de nacer varón.

--Por supuesto—interrumpió indignada Emma--. Ése fue uno de los motivos de mi separación. Se supone que las tareas domésticas, la educación de los hijos y todas las faenas ingratas y monótonas, pero imprescindibles para la vida, pertenecen al género femenino y encima debemos disfrutar con ellas y, si no disfrutas, eres rara.

-- Y no te olvides de las mujeres machistas que son peores que los hombres. Pueden ser hasta las propias madres y no digamos las suegras y las jefas—añadió Marta, remachando la tesis.

--Bueno—interrumpió María—no sigamos por ese camino, porque nos desviamos del tema y caemos en las cuestiones personales. Como sugerencia y para cerrar tu trabajo podrías poner que la única sangre derramada en esta revolución es la de las  propias mujeres. Pierden su vida por defender su independencia y su derecho a ser consideradas personas. Por no tener, esta revolución  no tiene ni nombre.

 Un relámpago interrumpió la conversación y les hizo volver la cara hacia la ventana. Llovía con mucha intensidad.

--También se me ocurre que si el hilo conductor va a ser el derecho al voto femenino, centrarme en la figura de Clara Campoamor—propuso Emma--.De esta manera le haríamos justicia.

--Buena idea. Que no se te olvide comentar que la famosa Pepa, la constitución de 1812, les negó el voto a las mujeres —apostilló Marta.

 

 

Una insistente llamada del portero automático interrumpió la conversación.

Emma se levantó para contestar.

--¡Dios mío!, ¿qué hora es? Seguro que es Agustín. Estará hecho una fiera porque no le gusta nada esperar. Me voy antes de que suba—exclamó María, levantándose nerviosa.

Emma y Marta se miraron sorprendidas.

--Bueno, mujer. No te pongas así--dijo Emma conciliadora--. Ahora le digo que bajas enseguida, que ya hemos terminado. O mejor, que suba y se tome un café.

--De subir, nada. Montará una escena. No sabéis cómo se pone cuando tiene que esperar—advirtió María con gesto preocupado.

Emma se dirigió al portero automático e intentó mantener una conversación con Agustín, pero le fue imposible. Volvió al salón y se dirigió a María.

--Siento decirte que no he podido hablar con él. No razona.

--Me voy enseguida—susurró María cogiendo el bolso, la gabardina y el paraguas que le alargaba Emma--. Siento haber estropeado la velada.

--Mujer, no te preocupes por eso—le habló Emma casi al oído, mientras la abrazaba y la acompañaba hasta  la  puerta.

--Adiós, Marta.

Fue todo lo que atinó a decir María antes de salir.

 

Después de la salida de María, Marta y Emma se quedaron en silencio y se acercaron a la ventana. Había escampado y desde allí pudieron contemplar el nuevo coche de alta gama de Agustín y cómo éste gesticulaba amenazando a una María encogida y cabizbaja. La sujetó del brazo y la metió en el coche con violencia. Después le dio la vuelta al vehículo y se puso al volante. María levantó la vista hacia la ventana y agitó la mano en señal de despedida. Ellas le contestaron como autómatas.

--Dios quiera que no tengan un accidente—musitó Emma, separándose de la ventana mientras reflexionaba con pesar. “Qué pena que todo se haya estropeado. Con la ilusión con la que yo preparé la tarde. Pero más lo siento por María. Noto su angustia. Trabajo en su casa y pensaba que, al menos, aquel hogar era perfecto. Necesitaba  creer como Borges que el cielo existía en algún sitio aunque yo no estuviera en él. Ahora sólo  queda la desesperanza”. 

 --Si no te importa, Marta, voy a llevar las tazas a la cocina. Siento que todo haya terminado así. Nunca me hubiera imaginado una escena como ésta. La casa de María es la perfección para mí. La verdad es que a Agustín lo veo poco y siempre se muestra amable conmigo. ¿Tú crees que esto ha sido una escena de un día o la cosa viene de antiguo?

--No lo sé. Espera que te ayudo. Estoy tan sorprendida como tú. María es muy reservada con su vida privada y sólo deja traslucir cosas positivas. Siempre le va todo muy bien; la verdad es que la vida ha sido muy generosa con ella. Todos nos hemos criado con leche, pero ella se ha criado con leche y miel, y eso se nota. De todas maneras, la llamaré por teléfono cuando  llegue a mi casa. Seguro que me dirá que esto no tiene importancia. Mira, llaman al portero automático. Será Rodrigo. Me voy, un beso. Adiós. Gracias por el café.

Marta cerró suavemente la puerta del piso, pero no llamó al ascensor, sino que bajó despacio por la escalera. Necesitaba pensar. Se sentía envuelta en una nube de sentimientos contradictorios que, como una niebla, la rodeaba de la cabeza a los pies.

 Cuando salió a la calle, Rodrigo estaba esperándola y le preguntó, antes de subirse al coche.

--¿Qué tal la tarde?

--. Bueno…ya te contaré. 

 

 

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Comentarios

10.04 | 13:56

Me parece precioso el artículo y cómo lo expresas.
Gracias por tus sabias palabras que con el tiempo maduran en mi mente como lo hace un buen vino.

...
17.05 | 21:08

gracias, de gran ayuda , sobre todo el análisis métrico.

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27.04 | 16:03

¿"Escribir para no pensar"...? Escribir para no llorar más bien-al menos en mi caso-
Es lo primero que he leido de tí y quiero decirte:!ADELANTE!

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27.04 | 15:51

De entrada no me sorprendes, pero sí me resuenas muy dentro, empatizo y nos reencuentro a las dos en tus palabras y en tu ilusión.

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