PASEO POR SEVILLA

Paseo por Sevilla

Capítulo 7 de la novela

 A  través  de  un  cuadro

(Nº. Registro Intelectual 201799901415311)

 

 

La primera sesión de las jornadas sobre Luis Cernuda terminó con la lectura del poema noveno de “Poemas para un cuerpo”. El acto se celebraba en el Paraninfo de  la Universidad de Sevilla, la ciudad que vio nacer al poeta. 

María  y Rodrigo  habían asistido a la ponencia por separado. Él salió primero  y se dispuso a esperarla en la entrada, bajo la representación de la Fama, en la antigua, romántica y operística Fábrica de Tabacos. Por fin, apareció ella,  rodeada de compañeros, extravertida y feliz. La esperó pacientemente. Cuando lo vio, se despidió de sus conocidos y acudió a su encuentro con una sonrisa.                 

--Perdona si te he hecho esperar, pero es que te pones a saludar y no terminas.

--¿Por dónde nos vamos?—preguntó Rodrigo, aceptando sus disculpas.

--Aquí cerca, en la esquina, hay un restaurante. Podemos tomar algo. ¡Qué buen tiempo hace!—dijo María, quitándose la chaqueta y poniéndosela por encima de los hombros--. Esto es primavera y lo demás son tonterías. Me encanta venir en esta época, ¿en qué hotel te has quedado?

--En uno cercano, pero de tres estrellas. Siempre hubo ricos y pobres.

--¡Qué tonto eres! Hay que ver las cosas que dices.

Cruzaron la calle San Fernando, entraron en el restaurante y pidieron un aperitivo en la barra.

--Tú has estado en Sevilla cuando me casé. Recuerdo que invité a los compañeros del departamento—exclamó María, buscando en su memoria.

--Lo celebraste en el hotel Alfonso XIII, donde te alojas ahora. Sólo fue ir y venir, a eso no se le puede llamar conocer una ciudad—dijo Rodrigo, contemplando a través de la cristalera la plaza con su  fuente y la escultura ecuestre de El Cid.

--No te preocupes, que ahora la vas a conocer. Tenemos la tarde libre. ¿Qué te ha parecido la introducción del curso?—preguntó María, después de unos minutos.

--Muy bien, me encanta aprender. Pero el edificio me ha deslumbrado. Hay pocas universidades como ésta.

--Es la antigua Fábrica de Tabacos, una fuente de  inspiración artística. Es el escenario del cuadro “Las cigarreras” de Gonzalo Bilbao y de la ópera “Carmen” de Bizet.

--¡Qué bien me ha sentado este descanso! Ya me encuentro dispuesto a todo. Cuando quieras, nos vamos.

--Se trata de descansar un poco antes de empezar.

--Siempre creí que se descansaba después y no antes. Hay que ver lo que aprendo contigo—respondió él con tono adulador.

Rodrigo apuró su bebida, pagó, dejó la propina, mirando a María  a hurtadillas. Siempre tenía la incómoda sensación de no acertar. “En estos detalles se me nota el “pelo de la dehesa”. Nunca estoy seguro de atinar con la cantidad apropiada”.

Se levantaron y se dirigieron hacia los Jardines de Murillo. Rodrigo se quitó el jersey y se ajustó las gafas de sol. Caminaron en silencio, siguiendo la muralla almenada del Alcázar, recubierta de hiedra y hojas de acanto. Se detuvieron a contemplar las esbeltas palmeras, el revoloteo de las palomas, la fuente dedicada a Catalina de Ribera y a oír el rumor del agua cayendo.

--Perdona que no hable, pero me parece un sacrilegio interrumpir esta sensación de paz. Si no te parece mal, me gustaría tener un recuerdo de este momento. ¿Te importaría hacerte una fotografía conmigo aquí?—dijo Rodrigo, sacando su máquina y buscando con la mirada a algún transeúnte.

--¡Claro que no me importa!, venga, vamos a ponernos  guapos—contestó ella, sacando su espejo del bolso y alisándose el pelo—.Por ahí aparece un turista despistado. Pídele el favor.

 El turista les hizo amablemente las fotos y siguieron su paseo.

--En estos jardines recoletos, yo me pasaría tardes enteras leyendo—comentó Rodrigo, mientras hacía fotos de forma compulsiva--. Recuerdo a Cicerón: ”Si cerca de la biblioteca tenéis un jardín, ya no os faltará de nada”.

--En esta ciudad hay plazas de diferentes tipos. Algunas son perfectas para leer, como tú dices; otras para las relaciones sociales como la Plaza del Salvador. Ya te  llevaré otro día.

Entraron por la calle Agua. Rodrigo se volvió a poner el jersey. “Me quedaría a vivir para siempre en alguna de estas casas con estos patios llenos de macetas, naranjos, fuentes, muros cubiertos de hiedra. Silencio y recogimiento”. Siguieron por la calle Vida sin decir palabra. Grupos de turistas hacían el mismo recorrido. Llegaron a un cruce abovedado de ladrillos. La salida del arco al Patio de Banderas con la Giralda recortándose bajo el cielo, al fondo, dejó a Rodrigo estupefacto.

--Esto se avisa—le dijo a María, deteniéndose para tomar aliento y hacer una foto.

--Ahora estamos en la Plaza del Triunfo, siempre está muy concurrida. Turistas, gitanas que te quieren dar romero y adivinarte el futuro, coches de caballo, alguien tocando una guitarra… Vamos a cruzar la calle para ver la fachada de la Catedral en todo su esplendor, el rosetón y las esculturas de Mercadante de Bretaña.

Siguieron caminando en silencio. La ciudad hervía de actividad en vísperas de Semana Santa. Hombres y mujeres caminaban con paso apresurado, pero con el rostro relajado de quien pisa calles familiares, disfrutando de un clima ideal. Rodrigo sentía el calor del sol y el calor de la gente. Observaba a las muchachas ya en manga corta, sus cuerpos tostados, tomando el aperitivo sentadas en los veladores, como si el tiempo no existiera o se hubiera detenido para no estropear el momento con las inútiles preocupaciones de cada día. Notaba el envolvente olor a azahar mezclado con el incienso de los puestos callejeros. Grupos de jóvenes turistas, sentados en los escalones de la Catedral, enmarcados por las columnas y las cadenas, reponían fuerzas. Los escaparates de las confiterías mostraban las típicas torrijas. De algún establecimiento comercial salían los acordes de una marcha procesional y, en sus vitrinas, nazarenos y pasos en miniatura de diferentes hermandades.

--Esto es otro mundo—comentó Rodrigo.

--Y que lo digas. Hay que venir en Semana Santa por lo menos una vez en la vida. Y mejor con pareja.

--Mucho mejor tener amigos en la ciudad.

Un persistente olor a adobo salió de pronto de una callejuela.

--Podemos descansar en esta mesa un poco antes de seguir. Las tapas de aquí son las  pavías y los boquerones. Para beber, un vino blanco. Pide tú, que aquí está el camarero.

Se sentaron y el camarero acudió para atender el pedido. María continuó hablando.

--Sé que tu suegra ha salido bien de la operación y que Marta estará ya en el pueblo, pero nada más. Cuando termine en Sevilla, pienso pasarme por allí para ver a mi madre. Ya se lo he prometido. También quiero llegarme a ver a Mariana. ¿Cómo sigue la enferma?

--Ayer no hablé con Marta. Esta noche, cuando llegue al hotel, la llamaré. Se pone tan mal cuando tiene que ir a su casa que temo hasta preguntar algo.

--Es una relación extraña la que tiene con su madre. Cuando éramos pequeñas, le regalé una muñeca y desde entonces pasaba mucho tiempo conmigo. Creo que me cogió cariño a mí y a mi madre. Su padre tenía que tratar los asuntos de la finca en mi casa y ella aprovechaba cualquier momento para venirse.

--Ya lo creo que es raro, pero no se le puede preguntar directamente nada. Estos días antes de irse los ha pasado fatal, sin dormir, apenas comía, un humor de perros, y yo “pagando el pato” sin culpa de nada. Lo peor viene ahora. Cuando vuelve, se encierra en sí misma y no hay quien le saque palabra.

--Marta es muy reservada y en el fondo yo, que me considero su amiga, no me atrevo a preguntar y, si preguntas algo que no le gusta, te contesta de forma agresiva.

--Mi mujer ha sido así desde que la conozco, pero ahora va a peor. No sé cómo ayudarle.

Durante unos minutos saborearon los alimentos sin decir palabra. Se oían las conversaciones de las mesas cercanas, las ofertas de los vendedores de lotería…Inmersa en el ambiente, María suspiró. “¡Qué a gusto me encuentro aquí!” La voz de Rodrigo la devolvió al momento.

--Algo tendré que hacer sobre la actitud de Marta, pero será cuando esté en Madrid. Vamos a seguir. Cuando quieras, estoy listo.

--Espera, que ahora pago yo--María pidió la cuenta. “Parece que no quiere seguir con la conversación sobre Marta”.

--Inconvenientes de la igualdad—dijo Rodrigo y  sonrieron los dos.

Al levantarse, un grupo de amigos asistentes a las conferencias se acercó para saludar a María. Ella se los presentó a Rodrigo, uno a uno, y se pusieron de acuerdo para tomar café en la confitería La Campana, por la tarde, después del almuerzo.

 No hubo tal almuerzo. Rodrigo aprendió lo que era “comer de tapas”.

 A la hora convenida, al acercarse a la confitería, Rodrigo observó la fecha de la fundación, 1885. El escaparate presentaba toda clase de tartas, pasteles y las tradicionales torrijas. En el interior, techo de escayola con molduras, columnas corintias, olor a café, a perfume caro, bullicio de gente entrando y saliendo. Los camareros con uniformes a tono con el decorado no daban abasto.

Tomaron café, de pie, en la barra, charlando animadamente y recordando viejos tiempos. Rodrigo empezó a sentirse incómodo en aquel grupo, pero no quiso despedirse pronto por educación. María, en cambio, estaba en su ambiente. Cuando pasó un rato prudencial, Rodrigo, con el pretexto de que tenía que hablar con Marta, se despidió y volvió a su hotel.

Una vez en su habitación, tendido en la cama y mirando al techo, se quedó pensativo.

--¡Marta! Dios mío, tengo que llamarla antes de que sea más tarde.

 Con gesto resignado se levantó y la llamó.

--¿Cómo te encuentras?—le preguntó.

--Muy bien, muy bien—respondió ella.

--¿Te pasa algo? Te noto la voz rara.

--No, nada. Es que he cogido un poco de frío.

--¿Y tu madre, cómo sigue?

--Cada vez mejor. Reponerse del todo es cuestión de tiempo. ¿Y  tú, qué tal?

--Pues por ahora, estupendamente. Cuando estuve aquí, en la boda de María, sólo fue ir y venir, pero ahora, gracias a ella, estoy conociendo la ciudad un poco mejor. Está preciosa, oliendo a azahar por donde vayas, ambiente de Semana Santa, el tiempo estupendo y las conferencias muy interesantes. Además, María me presenta a todos los amigos que nos encontramos  por la calle. No puedes dar un paso por el centro con ella sin encontrar a algún conocido. De pronto, te ves en una reunión, tomando café y charlando amigablemente con un grupo al que no conocías cinco minutos antes.

--Me alegro de que todo vaya bien. Un beso para María.

--Insisto, ¿te pasa algo?

--Sabes que siempre que vengo al pueblo me deprimo un poco. Además, tengo la impresión de que me ocultan algo. En fin, serán figuraciones mías. Cuando esté en Madrid, me sentiré mejor. Te dejo, que me parece que ha llegado mi padre y no quiero que note nada. Un beso. Adiós.

Rodrigo, colgó el teléfono con gesto de preocupación. Tomó una ducha para relajarse y salió a cenar. Mientras comía no dejaba de pensar en los dos mundos tan diferentes que representaban las dos mujeres, de vidas tan distintas y, sin embargo, amigas. ¿Qué las unía? Volvió a su habitación, preparó la ropa para el día siguiente, escogió detenidamente un libro para leer, pero antes de terminar la segunda página, se quedó dormido.

 

Las conferencias del segundo día trataron sobre la estancia del poeta en el extranjero y su muerte en Méjico, en el exilio. A la salida, callejeando con María llegaron a la calle Francos. Rodrigo observaba con interés los antiguos comercios de cordonería, lanas, telas, en plena efervescencia con motivo de las fiestas. Desde Francos llegaron a la plaza de El Salvador, llena de gente joven tomando el aperitivo, de pie, alrededor de las mesas, entrando y saliendo de los bares con las bebidas y las tapas en las manos. Rodrigo sacó su cámara y retrató la impresionante fachada de la iglesia. Olía a azahar, embriagador y envolvente.

--Vamos a tomar algo aquí—dijo María de forma resuelta.

Mientras comían, María le  preguntó si  había conseguido hablar con Marta y él asintió.

--Nada nuevo. Lo mismo que estuvimos hablando ayer. En todas las familias hay problemas—comentó él sin muchas ganas de profundizar.

--Eso es cierto. Cuesta trabajo mantener una familia unida y feliz, aunque sólo sirva para guardar las apariencias. Al final, todo acaba sabiéndose—murmuró pensativa.

Terminaron de comer, salieron de la plaza, siguieron por la calle Cuna y, en una calle lateral, pequeña y estrecha, se detuvieron en silencio delante de una casa con la siguiente inscripción:

 

En esta casa nº 6 de la antigua

calle Conde de Tójar, hoy Acetres,

nació el 21 de septiembre de 1902

Luis Cernuda, el poeta ejemplar del

amor, el dolor y el exilio.

Sevilla agradecida a su memoria.

 

--Sin comentarios—dijo María, después de una lectura silenciosa.

Rodrigo asintió.

 

Continuaron hasta la Plaza del Pan para leer en el libro que llevaban los textos que Cernuda había dedicado a sus tiendas. Después, María lo llevó a la calle Aire, donde vivió el poeta. Allí se hicieron la típica fotografía delante de la casa,  los dos juntos y sonrientes.

--Mañana se acaba el curso con un recital de poemas. Es una pena. No te cuento el  éxito que has tenido entre mis amigas. Que si “qué guapo”, que si “qué serio”, que si “qué formal”…Me han pedido toda la información sobre ti. Para evitar comentarios les he tenido casi que jurar que eres un compañero del departamento y que estás casado con una amiga. Sí, no pongas esa cara, que es cierto. Bueno, es tarde. Tengo que volver al hotel. Si no nos vemos mañana, besos a Marta, la llamaré. Antes de volver a Madrid, quiero pasarme por el pueblo para ver a mi madre.

María le hablaba apresuradamente mientras iniciaban el camino de vuelta al hotel. “Esto es una despedida en toda regla. Lo que me está diciendo en el fondo es que quiere quedarse sola y que aquí termina su función de “cicerone”. Es temprano para que ella vuelva a su hotel. ¿Qué pensará hacer? Seguro que ha quedado con sus amigos del otrodía”.

---Yo me voy al hotel, tengo que hacer la maleta antes de acostarme—interrumpió Rodrigo con determinación.

 Mientras hacía el equipaje, pensaba en los días tan intensos vividos, en la cantidad de sensaciones que tenía que asimilar, de pensamientos en los que profundizar, de emociones nuevas. El dichoso jersey, que le había regalado Marta, se resistía a quedar bien doblado. Nunca le había gustado, ni su textura, ni su color, pero no se había atrevido a cambiarlo. ¿Cuándo iba a aprender a decir “no”?

Terminó de hacer la maleta, una cena rápida en la calle y vuelta al hotel. Antes de acostarse, se miró en el espejo y pensó que no estaba tan mal.

 

 

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Comentarios

10.04 | 13:56

Me parece precioso el artículo y cómo lo expresas.
Gracias por tus sabias palabras que con el tiempo maduran en mi mente como lo hace un buen vino.

...
17.05 | 21:08

gracias, de gran ayuda , sobre todo el análisis métrico.

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27.04 | 16:03

¿"Escribir para no pensar"...? Escribir para no llorar más bien-al menos en mi caso-
Es lo primero que he leido de tí y quiero decirte:!ADELANTE!

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27.04 | 15:51

De entrada no me sorprendes, pero sí me resuenas muy dentro, empatizo y nos reencuentro a las dos en tus palabras y en tu ilusión.

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