NOVELA "A TRAVÉS DE UN CUADRO" Cap.14,15,16

  Nº Registro Intelectual 201799901415311

 

Capítulo   14

 

Cuando Rodrigo aparcó el coche en el garaje de su casa en Madrid, aún no podía creer lo que había sucedido. Ni siquiera era consciente de cómo había hecho el camino de vuelta.

Se dejó caer sobre el respaldo del asiento, las manos en el volante, las piernas relajadas, la cabeza para atrás. Cerró los ojos y pensó durante largo rato. Tenía que tomar una decisión, trazar un plan, pensar mucho todos y cada uno de sus pasos antes de actuar. Cada decisión desafortunada podía tener graves consecuencias para terceras personas. No quería hacer nada que pudiera perjudicar a nadie. Ahora podía explicarse muchas cosas que antes no le encajaban. Siempre le extrañó la relación entre las dos familias, pero pensaba que serían costumbres de algunos pueblos. Ahora comprendía los cambios de humor de su mujer, la mala relación con su madre. Todo por la maldita apariencia. ¿Quién podría defender eso hoy día? Sintió compasión por ella, pero nada más. En cuanto a María, ¿cómo reaccionaría al leer la carta? De momento, no le diría nada. Se presentaría diciendo “misión cumplida”, sin dar más explicaciones e informaría sobre la salud de Doña Soledad. Tiempo al tiempo.

Al fin se decidió a salir del coche. Había anochecido. Mejor, así no tendría mucho tiempo para hablar. Diría que estaba muy cansado.

 

--¿Rodrigo, eres tú? ¿Qué tal el viaje? Ha sido muy desconsiderado por tu parte no llamar.

La voz de Marta sonaba desde el fondo de la cocina, olor a verdura cocida y guiso para el almuerzo del día siguiente.

--Se nota que estoy en casa—suspiró en voz baja.

--¿Qué dices? No me entero bien de lo que dices.

--Nada. Es hablar por hablar.

--María ha llamado varias veces. ¿Qué tal por el pueblo?, ¿te has llegado a ver a mis padres?, ¿cómo está Doña Soledad?, ¿cómo recibió la noticia de la muerte de Agustín?

--Para, para. Tus padres están bien. Quería volver pronto. Por lo demás, “misión cumplida”. Creo que la madre de María no se entera de nada. Es ya muy anciana. ¿Qué tal marcha la investigación?, ¿ha dicho algo definitivo la policía?, ¿han encontrado alguna prueba?

--Por ahora no sabemos nada o no quieren decir nada. Es todo tan misterioso. De todas formas, ellos te llaman a declarar cuando les parece. Mañana estamos citados. ¡A saber qué quieren ahora!

--¿Es que hay alguna posibilidad de que encuentren algo?

--Nada, nada. Llama a María para tranquilizarla y vamos a cenar.

 

A primera hora de la mañana, Marta se presentó a la cita con la policía.

--Pase, pase, por favor, y tome asiento, señora de Acedo.

“Éste todavía no se ha enterado de que las mujeres no somos de nadie. Compadezco a las que tengan que trabajar con él. Como diría Emma: “Éste no está aún instruido en el feminismo”.

--Buenos días--contestó en un tono bajo.

 Iba sin pintar ni maquillar. Intuía que eso la beneficiaría, no sabía por qué.

--Le agradezco su puntualidad, señora de Acedo.

“Y, dale”.

Marta se sentó y, mientras el policía rebuscaba entre los papeles, lo observó con detenimiento. Era mayor, estaría a punto de jubilarse, bajo y con sobrepeso. Seguramente viudo o separado. Ninguna mujer de esa edad hubiera soportado ver salir a su pareja con una vestimenta tan desaliñada: un conjunto de colores, rayas y cuadros que molestaba al mirarlo  El despacho, a juego con su apariencia.

Marta adoptó una actitud sumisa, las piernas juntas, sin cruzar, la cabeza baja. La actitud que un hombre de esa edad, con una posición de poder sobre ella, esperaría de una mujer insignificante y sospechosa de un crimen.

--Y bien, señora de Acedo, ¿puede, por favor, relatarnos su versión de los hechos?--le preguntó mirándola fijamente y haciendo una señal para que tomara nota la persona situada en un rincón del despacho.

Marta recitó, como una lección bien aprendida, todo lo sucedido desde su llegada a la fiesta de María hasta el momento de la tragedia. No omitió su discusión con Agustín, pero sin dar detalles.

--Le agradezco mucho su ayuda. Sin embargo, la declaración de un testigo afirma que su enfrentamiento con Don Agustín fue más violento de lo que usted confiesa; y que incluso llegó a amenazarlo de muerte cuando se sintió despreciada.

Marta no pudo evitar dar un respingo a causa de la sorpresa. Ignoraba quién podía haber estado tan cerca de ellos para oír todos los detalles. El fuerte dominio que tenía sobre sí misma se impuso.

--Pero—protestó sonriendo—no pretenderá usted que anunciara que pensaba matarlo.

--Tiene usted toda la razón. En fin, si recuerda algo más, no dude en avisarnos. Aquí, en esta tarjeta, tiene mi número de teléfono. Gracias por su colaboración—dijo, mientras señalaba con un ademán a la persona que tomaba notas para que saliera de la habitación.

--De nada. Adiós, buenos días.

El policía se levantó para acompañarla hasta la puerta con una conversación intrascendente, pero que encubría una vieja artimaña, según la cual, cuando el testigo creía que había terminado el interrogatorio, bajaba la guardia y dejaba caer una información que de otra forma no hubiera soltado. El policía había bautizado la estrategia como el “Estilo Colombo”.

--A propósito, señora de Acedo, ¿tiene usted la impresión de que la relación entre el matrimonio anfitrión era la correcta?

--Buena pregunta ésa, pero no tengo nada que añadir.

Cuando Marta hubo salido del despacho, el policía se sentó con los pies encima de la mesa y cogió un manoseado bloc donde iba apuntando algunas ideas, mientras pensaba que no le extrañaría nada que el asesino fuera una mujer.

--El tal Don Agustín era un donjuán de cuidado y, por otra parte, el veneno se considera propio de mujeres. Veremos qué tal el marido de ésta. Claro que la primera sospecha siempre es para la propia esposa, pero es tan hermosa—murmuró entre dientes como hacía siempre para desesperación de sus subordinados.

Miró el reloj. Era el momento del café.

 

Rodrigo despertó con un terrible dolor de cabeza. Miró la hora y poco a poco fue encajando las piezas del día anterior. Consultó su agenda y saltó de la cama. Echó un vistazo por el piso y comprobó que Marta ya se había marchado. Su cita con la policía era dentro de una hora y aún no había decidido qué iba a hacer con la carta. Entregársela a María podría empeorar la situación. No tenía por qué tomar ninguna decisión en ese momento. Dejaría que el tiempo hiciera su trabajo. Cogió la carta y la escondió entre sus libros, dudó, la sacó y la puso en el altillo de su armario, pero le pareció un lugar poco seguro. En su afán por buscar el sitio más apropiado lo desordenó todo. Dejó caer el paño de croché de la mesita auxiliar. Era tarde, no llegaría a tiempo. Al final se decidió por guardarla con llave en el cajón de su mesa de trabajo. Alisó el paño de croché, regalo de su suegra, para dejarlo perfectamente colocado encima de su mesa y se duchó rápidamente. Ya tomaría algo en una cafetería si tenía ocasión. Antes de salir, echó una mirada, como de costumbre, para asegurarse de que todo estaba bien cerrado. No le daba tiempo para hacer la cama y ordenar el resto.

 

Llegó con el tiempo justo y se acercó a información.

--¿El despacho del señor González, por favor? Soy Rodrigo Acedo y estoy citado con él.

--Pase, le está esperando. Su despacho está al final de aquel pasillo.

Rodrigo siguió las indicaciones del agente. Llamó suavemente a la puerta.

--Adelante.

--Buenos días. Soy Rodrigo Acedo.

--Encantado de saludarle. Siéntese, por favor.

Después de rebuscar sin éxito entre sus papeles, González comenzó a hablar mirándole fijamente.

--Le digo como antes a su esposa. Hemos comparado su primera declaración con la de los demás asistentes a la fiesta y coinciden. De todas formas, si tiene algo que añadir se lo agradeceríamos.

--Pues sí, creo que tengo algo que decir. Vi a Agustín conversando con un invitado. No puedo describirlo porque estaba de espaldas cuando pasé cerca de ellos. Me llamó la atención la oposición entre su actitud y su discurso. Parecían charlar amigablemente, pero de cerca la conversación mostraba gran hostilidad.

--¿Pudo escuchar lo que decían?

--Solamente una frase: ”Hoy es el último día del plazo”.

--¿Y algo más?

--Nada más. Agustín me vio, me saludó con la mano, y a mí me pareció de mala educación interrumpirles. Así es que me alejé de allí y los dejé solos.

--¿Está usted seguro de lo que dice?

--Totalmente.

--Le pido que haga un esfuerzo, se concentre e intente recordar quién era la persona que estaba con él.

--Lo siento, no le pude ver la cara y no quiero hacer juicios temerarios.

--Lo comprendo, ni yo se los pido. De todas formas, si tiene alguna sospecha fundada, dígamela, se lo ruego.

--Así lo haré. ¿Desea alguna cosa más?

--Nada más, por ahora. Puede marcharse.

--Muchas gracias. Buenos días.

González se quedó pensando. “Así es que ahora aparece un desconocido que en cierta forma amenaza también al tal Agustín. Claro que quien da la pista es el marido de mi sospechosa favorita. Amenazas y venenos juntos, asesinato típicamente femenino, Claro que también podría ser la esposa, con su carita de pena, seguro que coge sus buenos dineros. En fin, vamos a almorzar. Con el estómago lleno y una buena cerveza se piensa mejor”.

 

En el camino de vuelta a su casa Marta caminaba pensativa. No le gustó nada la actitud del policía con un interrogatorio tan suave. Esperaba algo más contundente, más duro. “Veo demasiadas películas policíacas en televisión”, se dijo mientras entraba en la estación del metro. Marta, concéntrate o Dios sabe en qué parada vas a acabar”. Cuando llegó a su casa y abrió la puerta del piso, llamó a su marido, pero nadie contestó. Recordó que estaba citado para declarar. Pasó por todas las habitaciones de la casa, contemplando con enojo el desorden. Un detalle llamó su atención: el paño de croché de su madre estaba perfectamente colocado sobre la mesa de trabajo de su marido, en vez de estar en la mesita auxiliar. Y entre dos libros, la llave. Era extraño, muy alterado tenía que haber salido Rodrigo para dejársela olvidada. Siempre tenía un cajón cerrado para que “la asistenta no metiera las narices”. Era la excusa que le daba. Cogió la llave con cierto reparo, abrió el cajón con curiosidad y sacó un sobre con una anotación en letra mayúscula: “MARÍA”. Hipnotizada, cogió el sobre y se lo acercó a los ojos para ver mejor. Se sentó en la silla más cercana. Palpó el sobre. Estaba herméticamente cerrado. No había nada que hacer. Se acordó de las fotos de los dos en Sevilla. Todo cuadraba.

 

 Una mezcla desordenada de pensamientos y sentimientos daba vueltas en su cabeza, cada vez con más velocidad. “Aquí está la confirmación de mis sospechas. Seguro que es la declaración de amor de Rodrigo o la respuesta de María. No me lo puedo creer. Esto será una confesión a María. No son dos compañeros en viaje de estudios. Es algo más.  Ya sabía yo que había algo, lo intuía, mi sexto sentido no me engaña.  Cómo voy a competir con ella, tiene todo lo que a mí me falta, pero él es lo único que yo tengo y también quiere quitármelo. No consentiré que me abandone, qué escándalo en la universidad, seguro que todos toman partido por ella, tan triunfadora siempre. Ni siquiera estoy segura de Emma porque necesita el trabajo que María le da. Esto es el fin para mí”.

 

 Con el sobre en la mano, no se dio cuenta del tiempo que había pasado hasta que oyó el ruido de la puerta del piso. Era Rodrigo. Guardó rápidamente la carta en la solapa del libro que siempre llevaba en el bolso.

--¿Qué tal el interrogatorio?—preguntó ella, simulando tranquilidad.

--¿Cómo dices? ¡Ah, el interrogatorio! Normal. Las cosas que siempre pregunta la policía. Igual que una novela de misterio.

--¿Y el…?

El timbre de la puerta interrumpió la conversación. Rodrigo fue a contestar y volvió con aspecto preocupado.

--Es la policía. Quieren hablar de nuevo contigo, lo más pronto posible.

 --Espero que no me entretengan mucho y que me dejen volver para almorzar.

-- Voy contigo.

--Déjalo. Come tú que tienes una reunión en el departamento esta tarde. Estaré de vuelta enseguida.

 

Marta pensaba que se trataría de alguna formalidad. Algún papel sin firmar. Cuánta burocracia, si lo sabría ella. Entró en el edificio, ya conocía el camino del despacho de González.

--Perdone que le haya hecho volver, pero tenemos nuevos datos que me han obligado a ello.

--No se preocupe, comprendo que su trabajo es así. ¿Qué desea esta vez?

--Perdone un momento. Voy a cerrar la puerta del despacho y enseguida empezamos.

González se levantó con parsimonia, se volvió a sentar, rebuscó entre sus papeles sin encontrar lo que buscaba. Miró fijamente a Marta y comenzó a hablar.

 

 

 Capítulo   15

 

El policía volvió a insistir en las preguntas de la primera cita. Marta respondía cada vez con menos ánimos. Estaba cansada, no había comido nada. Tenía la impresión de que no iba a terminar nunca.

--Y bien, señora de Acedo, solamente una última cuestión y la dejaré marchar. ¿Me puede decir dónde estaba usted exactamente en el momento en que Don Agustín bebió su copa?

La pregunta sorprendió a Marta que, nerviosa, cambió de postura.

-- No podría decirle dónde estaba exactamente.

--Piense un poco, por favor. No ha pasado tanto tiempo.

-- Por mucho que me concentre, no sabría decirle. Después de la discusión con Don Agustín, me quedé muy alterada y no recuerdo nada.

--No se preocupe, señora. ¿Sería usted tan amable de esperar fuera unos minutos? ¿Desea que le traigan algo de comer?

--Nada, gracias.

Marta salió al pasillo y se sentó en el banco colocado en la pared, enfrente del despacho. Al fin podía tener un momento de intimidad. Sacó de su bolso el libro y extrajo de la solapa la carta. Aquí tenía la confirmación de sus sospechas. Cerró los ojos y suspiró.

--Marta, Marta, ¿qué haces aquí todavía? Me quedé esperándote para almorzar en casa y estaba preocupado. Pero, ¿qué haces tú con esa carta?, ¿de dónde la has sacado? No la leas.

La aparición de Rodrigo sobresaltó a Marta. Abrió los ojos y él, aprovechando su sorpresa, le arrebató el sobre y lo guardó rápidamente en el bolsillo de su camisa. Ella se quedó con el libro abierto entre las manos, la cara pálida. Sólo atinó a musitar:

--Yo sé lo que pone.

--No te lo puedes ni imaginar.

La puerta se abrió enérgicamente y González salió del despacho.

--Señora de Acedo, ¿se encuentra usted mal? ¡Ah!, Don Rodrigo, ¿está usted aquí? Tengo que volver a hablar con su esposa y llevará tiempo. Será mejor que se marche. Cuando termine, le llamaremos. No se preocupe, pero ahora le ruego que se vaya.

Sin esperar respuesta, el policía condujo a Marta al interior del despacho. De nuevo, ella se sentó con la cabeza baja, los hombros hundidos y las piernas juntas. Mentalmente estaba en otra parte. Sintió un nudo en el estómago y pensó que iba a vomitar.

--Y ahora, a la vista de este croquis con la situación exacta y comprobada de todos los invitados y el personal de servicio, ¿podría decirme dónde estaba usted colocada en ese momento?

 --Perdone,  ¿podría repetirme la pregunta?

El inspector suspiró. “¡Bah!, mujeres. Tiene mala cara porque se siente culpable y sabe lo que se le viene encima”. Volvió a repetir la pregunta.

--A la vista de este croquis, ¿podría decirme dónde estaba usted colocada en ese momento?

“¿Y María?, ¿habría leído la carta y entre todos la mantenían en la ignorancia? Mi mundo se derrumba”.

--¡Ah!, ¿Cómo dice?—respondió balbuceando--. Ah, sí…sí, ya comprendo. Se lo repito, siento no poder decirlo exactamente. Recuerdo que acudí corriendo, pero no sé desde qué punto. Lamento no poder ayudarle más, pero yo acababa de discutir con Don Agustín y estaba muy alterada.

--Pues, sintiéndolo mucho, señora, tengo que decirle que es usted mi principal sospechosa. Tengo pruebas suficientes para retenerla aquí. Conviene que se busque un buen abogado.

“Hablaré con Emma, no tengo fuerzas ni para llorar. Y tener que escuchar lo que tenga que decirme este imbécil. Como si me quiere mandar a la cárcel sin juicio. Si ahora mismo cayera un rayo y me dejara seca, no me sorprendería nada. Soy un imán para las desgracias”.

--¿Puedo avisar a alguien por teléfono?—preguntó con un hilo de voz al policía.

--Claro, avise a su marido. Voy a salir un momento.

--No es con mi marido con quien quiero hablar.

 

La habitación estaba totalmente a oscuras. El calor de Madrid era sofocante y la noche se presentaba igual que el día. Rodrigo, tumbado en el sofá, había perdido la noción del tiempo. Desde que había vuelto de la comisaría tenía la impresión de que no entendía nada, era todo nebuloso. Sentía que sus preguntas chocaban contra una pared y volvían a él. Se levantó decidido y marcó un número de teléfono.

--¿Emma?, perdona que te llame tan tarde, pero necesito hablar con alguien. Tú eres como de la familia y si no lo comento contigo creo que me voy a volver loco.

--Rodrigo, dime lo que sea. Me estás asustando. ¿Hay alguien enfermo? Si quieres, podemos vernos en el bar de copas que hay al lado de tu casa.

--Será lo mejor. Todo esto no es para hablarlo por teléfono. No sabes lo agradecido que te estoy. ¡Hasta ahora!

--Adiós.

 

Rodrigo llegó el primero, ocupó la única mesa libre y se sentó a esperar. El local estaba lleno de gente. El ambiente era juvenil y animado. Pidió un whisky. Al empezar a beber, se dio cuenta de que estaba hambriento y deshidratado. Había sido una buena idea salir del piso, sentarse en la penumbra y ver gente joven. Al poco rato apareció Emma, buscándolo con la mirada sin conseguir localizarlo a causa de la oscuridad. Rodrigo se levantó y salió a su encuentro.

--Gracias por venir.

--No tiene importancia. Me has dejado muy preocupada.

--Siéntate, ¿qué vas a tomar?

--Lo mismo que tú.

Después de encargar la bebida para ella y otra para él, Rodrigo cerró los ojos y con voz monótona comenzó a murmurar cerca del oído de Emma.

--Me alegro de haber quedado en un sitio así, porque de otra manera no sería capaz de hablar de esto a plena luz y mirándote de frente.

--Pero, ¿qué pasa?

--Por lo pronto, Marta está retenida por la policía. La encuentran sospechosa y, en mi opinión, algo más que sospechosa.

--No me lo puedo creer. ¿En qué se basan?, ¿tienen alguna prueba?, ¿qué piensas hacer?

--Los motivos no los sé, pero algo tendré que hacer y pronto.

--Está claro que tienes que buscar un buen abogado.

--Eso, por una parte. Por otra, ¿qué hago?, ¿llamo a sus padres y se lo explico todo?, ¿vuelvo al pueblo y lo hago personalmente?

--¿Lo sabe María?

--No, tú eres la primera persona con la que hablo. Mañana se lo diré.

--Es muy importante que pienses cómo se lo vas a decir.

--Eso es una cuestión, pero hay más. Estuve en el pueblo para decirle a Doña Soledad que Agustín había muerto. Ella está muy mal de salud, me confundió con el confesor y me reveló un secreto que me dejó helado. Además, me dio una carta para su hija. Tengo que entregársela en caso de muerte.

--Lo que tienes que hacer es aclararte tú y tomar una decisión y pronto. En primer lugar, hablar con María y buscar entre los dos un buen abogado para Marta. Ella es inocente y tiene que salir cuanto antes.

--No estoy muy seguro y solamente a ti te lo puedo confesar. Después de la fiesta, volvió a casa muy alterada. Todavía me pregunto por qué o por quién se vestiría de esa forma.

Emma saltó como un rayo.

--Eres su marido y no puedes dudar de ella. Por otra parte, si me dices el secreto, podría ayudarte.

--Mira lo que encontré entre los papeles de Marta, nunca creí que estuviese tan desesperada. Toma y lee.

 

La espera

Vendrá de noche, oscura como ala de cuervo.

Yo la estoy esperando.

Es el mejor momento, de noche, cuando nadie vigila.

De noche. Y me tiende su mano, pálida y fría.

La  agarro y salimos volando. Es el fin de mis días.

 

--No me hubiera imaginado a Marta escribiendo esto—comentó Emma, entristecida, devolviendo el folio a Rodrigo--.Nunca terminamos de conocer a las personas.

--No nos conocemos ni a nosotros mismos—respondió Rodrigo, mientras guardaba el folio en la carpeta--. Me avergüenzo de dudar de ella, pero no puedo evitarlo. Estaba tan rara últimamente…

 --No creo que los tiros vayan por ahí—contestó Emma, moviendo la cabeza.

--Oye, no digas tiros. No me parece lo más apropiado.

 --Perdona, no era mi intención. Ahora, tengo que asimilar todo lo que me has dicho. Le daré vueltas al asunto y mañana te llamaré.

--Bueno, ¿nos vamos? Pago y te llevo.

--No hace falta. He traído el coche. Vete a tu casa y descansa.

-- ¡Dichosa música! No sé cómo la gente joven puede soportar esto.

 

Después de dejar a Emma, Rodrigo volvió a notar la sensación de desamparo. Seguro que no iba a pegar ojo en toda la noche. Tenía hambre y no podía comer. Se deshidrataba y no podía beber. Si al menos pudiera dormir algo…

 

El teléfono sonó muy temprano. A pesar del terrible dolor de cabeza, Rodrigo alargó la mano hacia la mesita de noche. Era María.

--¿Rodrigo?, perdona que te llame tan temprano. Acaban de llamar del pueblo. Era Antonia. Mi madre ha muerto.

--Lo siento mucho—contestó mecánicamente Rodrigo--. “Más problemas”, ¿Y cómo ha sido? Yo la encontré un poco cansada, pero no me esperaba esto.

--El médico ha dicho que se ha ido apagando poco a poco y que no ha sufrido. Ha muerto mientras dormía. ¿Puedes decirle a Marta que se ponga?

--En este momento no puede. Está en la ducha, pero no te preocupes porque yo se lo diré. Tenemos que vernos con urgencia.

--¿Os importaría venir a mi casa ahora? Así me ayudáis a tomar decisiones. Marta tendrá que llamar también a sus padres.

--Marta no puede ir. Ya te lo explicaré todo. Una pregunta, ¿te parece bien que llame a Emma para que se quede contigo todo el día?

--Sí, es una buena idea. Me ayudará con los niños y a preparar el viaje al pueblo.

--Pues entonces, hasta ahora y vuelvo a repetir que lo siento.

--Gracias. Hasta luego.

Con el teléfono aún en la mano Rodrigo vio cómo las cosas se complicaban.

 

La triste expresión de la cara de Eloísa reflejaba la situación. Con un gesto de asentimiento hizo pasar al interior de la casa a Rodrigo y a Emma.

--María tardará un poco en bajar. Si quieren tomar algo, lo traigo enseguida—dijo con gesto abatido.

--No, gracias—respondió Emma.

--Para mí, tampoco. No se preocupe por nosotros. La esperaremos—añadió Rodrigo, acercándose al sofá.

Los dos permanecieron sentados y callados. Ninguno se atrevía a romper el silencio.

Al fin se abrió la puerta y entró ella. Parecía más delgada. Rodrigo observó sus ojos enrojecidos y sus profundas ojeras. Se levantaron para besarla.

--¿Y Marta?, ¿no ha venido con vosotros?

--Vamos a sentarnos primero y ahora te explico.

--Marta está retenida por la policía—se adelantó Emma, soltando de golpe la noticia.

María adelantó el cuerpo hacia Rodrigo.

--¿Qué me dices?, ¿por qué?

Rodrigo y Emma se miraron sin saber qué responder. María continuó:

--¿Qué motivos tienen?, ¿cómo han sido capaces de algo así? Aquí hay un error.

--También nosotros pensamos lo mismo—murmuró Emma, mirando fijamente a Rodrigo.

-- Hay que llamar al despacho de Pedro Montalvo. Es el mejor abogado de Madrid.  Quiero ir a verla lo más pronto posible. ¡Pobre Marta!, ¡qué injusticia! Yo me haré cargo de todos los gastos.

--Creo que no es una buena idea que vayas a verla en estas circunstancias. No vamos a dejarte ir—dijo Rodrigo con determinación.

María se quedó sorprendida ante esa actitud, pero no discutió. Miró a Emma que asintió en silencio.

--Esta misma tarde salgo para el pueblo. Eloísa y los niños vendrán conmigo. Será un mal rato para ellos porque querían mucho a su abuela, pero prefiero que estén allí.

--Sólo una cosa más—dijo Rodrigo—no le digas nada a los padres de Marta. Sé que tendré que hacerlo yo, pero hay que buscar el momento oportuno. Puedes decirles que no ha ido por alguna enfermedad leve.

--Tienes razón, no he caído en eso. En cuanto termine el funeral estamos de vuelta. El papeleo con el notario puede esperar. Lo primero es Marta y sacarla de allí como sea.

--No te entretenemos más. Nos marchamos—dijo Emma, dándole un beso de despedida.

--Emma, gracias por tu ofrecimiento para quedarte todo el día, pero lo he pensado mejor y creo que con Eloísa tengo suficiente ayuda.

--Te tendremos al corriente de lo que pase con Marta.

Salieron los dos. Eloísa subió a preparar el equipaje y María se dejó caer en un sillón con el rostro entre las manos. Ni siquiera podía llorar.

 

Ya en la calle, después de recibir el bofetón de calor que casi le cortó la respiración, Emma se atrevió a hablar.

--¿Cuándo piensas darle la carta de su madre? Ahora ya no tienes excusas.

--Esperaré un poco más. Tiene que ir asimilando esto.

--No me parece ni la mitad de bien. Ella tiene derecho a conocer ya el mensaje de su madre.

--No estoy tan seguro. Esperaré a que vuelva. Ahora tengo que ocuparme de mi mujer.

--Insisto en que es una equivocación.

--Oye, ¿no estarás tan interesada en que le dé la carta para enterarte tú también?

La mirada que le dirigió Emma, una mezcla de indignación y desprecio, lo dejó pensativo. Al cabo de unos minutos, añadió:

--Está bien, pensaré en lo que me has dicho.

--Tengo que dejarte. Mis hijos me necesitan.

Se separaron sin decir una palabra más.

 

 

 Capítulo  16

 

 

Marta no quiso llamar por teléfono ni hablar con nadie. Casi le parecía una liberación quedarse recluida en aquel lugar. Sentada en una silla, paseaba detenidamente la mirada por el austero cubículo.

 

“Esta habitación desnuda y oscura es lo que me merezco. Hay algo malo en mí y por eso todo el mundo me rechaza, pero tengo un bien que nadie me podrá  quitar, mi pasión por la lectura y mi deseo siempre aplazado de escribir. Mi madre en el pueblo nunca me dejaba leer y mucho menos escribir. Siempre tenía que “ayudar en casa”. Aquí te das cuenta de que se necesitan muy pocas cosas para vivir. Tener tiempo es la mayor riqueza y ahora creo que voy a tener mucho. Una habitación pequeña y húmeda, ¿qué más puede pedir una sospechosa como yo? Espero que me traigan ropa limpia. Los pobres siempre nos hemos sentado en sillas incómodas. Los cojines, los cuadros, las cortinas y los espejos son para los ricos. Ahora eso sí, todo está limpio. “La limpieza es la riqueza de los pobres”, dicen los pobres para consolarse. Paredes blancas, pocos y bastos muebles, mi casa del pueblo más o menos. No deseo nada más”.

 

 

 

Cuando le trajeron la cena, Marta se obligó a comer aquel menú insípido. Se había propuesto no preocuparse, sino ocuparse y su única ocupación sería escribir. No sabía si por compasión le habían permitido quedarse con el libro, el bolígrafo negro de punta fina y la agenda que siempre llevaba consigo. Tenía material más que sobrado para no pensar. Leería y escribiría poesía. ¡Qué sorpresa para Rodrigo y María que eran de Literatura! No quería ver a nadie.

 

 

 

“Ahora, todo cuadra perfectamente. María y Rodrigo, libres y dueños de sus vidas. Después de un tiempo para guardar las apariencias, seguirán con su amistad. A mí me condenarán, seguro. Lo veo en los ojos del policía. Necesitan solucionar el caso cuanto antes y dar sensación de eficiencia. Sólo lo siento por mi padre, tan mayor, la comidilla del pueblo, cuánta crueldad para una persona tan sensible. Pero cuando venga a verme yo le diré que a mí todo esto me resbala, es como si me hubiera salido de mi cuerpo y nada me pudiera afectar. Ahora tengo tiempo para pensar de dentro hacia fuera y no, como he hecho siempre, de fuera hacia dentro. Siempre los demás antes que yo, temiendo el juicio ajeno, con mi deseo de agradar a todos, de hacer las cosas perfectas. Sólo confío en Emma, cuando pasen unos días, pediré verla si es posible. Si esta noche no puedo dormir, no pasa nada. Tengo que pensar”.  

 

 

 

En casa de María, el ambiente era tenso entre Rodrigo y ella. Rodrigo no sabía por dónde empezar. La noche anterior, había escrito un guión de lo que quería decir. Ni una palabra de más, ni una de menos. Mientras María, en la puerta del salón,  le daba algunas instrucciones a Eloísa, él colocó la nota entre las hojas de la revista que tenía en sus manos. De esta manera, podía echar un vistazo a los apartados. No quería que, al salir, se le hubiera olvidado algo importante. Sabía cómo iba a empezar la conversación, pero no cómo terminaría. Sentado, respiró hondo y paseó la mirada por la habitación.

 

“Es curioso cómo los objetos reflejan el estado de ánimo de las familias. Antes, todo estaba impecable a cualquier hora del día. Las sillas y los sillones colocados en su sitio al milímetro, los cristales del ventanal diáfanos, las dobles cortinas separadas a los dos lados de la ventana para dejar ver el cuidado jardín. Todo ese esmero se ha desvanecido en unos pocos días. Incluso veo una leve capa de polvo en los muebles en los que antes podía mirarme como en un espejo”.

 

--Y bien, ¿qué es eso tan importante que tienes que decirme?—preguntó María con visibles muestras de cansancio.

 

--Empieza tú primero, ¿cómo ha ido todo en el pueblo?

 

--Ha sido horrible. Mi marido muerto, asesinado, digámoslo claramente, y mi madre muerta también. Ya sabíamos que estaba muy enferma, pero así llevaba tiempo y ya me había acostumbrado. Lo que más me duele son mis hijos. David sólo sabe repetir: “Mami, ¿por qué nos pasan tantas cosas malas?” ¿Qué respuesta puedes dar a un niño de esa edad?, y Miranda calla, lo que me preocupa más todavía. Al funeral vino casi todo el pueblo. Ya sabes cómo son estas cosas, pésames interminables, visitas sin horarios, todo el mundo te para por la calle. Gracias a Dios que tenía que volver a Madrid para ocuparme del asunto de Marta. Por cierto, trabajo me costó convencer a sus padres de que no le pasaba nada grave. Les dije que ella los llamaría cuando pudiera. Bueno, basta de lamentaciones inútiles, ¿qué es eso tan importante que tienes que decirme y que no puede esperar?

 

Rodrigo le tendió la carta. Ella la cogió con cara de sorpresa y se dispuso a leerla. A medida que avanzaba en la lectura, los músculos de su rostro se contraían, apretaba los dientes, fruncía el ceño. Cuando terminó, levantó sus ojos hacia Rodrigo y musitó: “¿Desde cuándo la tenías?, ¿lo sabe Marta?”

 

Rodrigo, con la cabeza baja y aire contrito, relató punto por punto su visita al pueblo y a Doña Soledad. No necesitó mirar la nota que había preparado, se la sabía de memoria. Cuando terminó, María preguntó con un hilo de voz: “¿Puedes dejarme sola, por favor?”

 

Cuando Rodrigo salió, María pidió a Eloísa que nadie la molestara. Ahora sí podía darse permiso para llorar. Las lágrimas acudieron sin estridencias. Hasta para llorar guardaba las formas. “Me gustaría gritar, romper algo, pero no puedo, ahora más que nunca necesito pensar y tomar decisiones fríamente”.

 

Volvió a leer la carta para asegurarse de que no había soñado. La dejó sobre la mesa, echó la cabeza para atrás, se recostó en el sillón, cruzó las piernas y cerró los ojos. “¡Pobre madre mía!, ¿por qué no me lo has dicho antes? Yo lo hubiera entendido. Desde Madrid las cosas se ven diferentes. ¡Pobre Marta!”

 

--Señora, señora, los niños acaban de llegar, ¿les digo que pasen?

 

--Sí, por favor, Eloísa. Es hora de comer. Almorzaremos juntos.

 

 

 

Toda la tarde la pasó María haciendo gestiones. La primera intentar hablar con Marta, cosa que no consiguió porque la detenida había expresado su deseo de no hablar con nadie, sólo con el abogado. María lo conocía y se presentó en su despacho sin avisar. Él se limitó a confirmarle que Marta no colaboraba. Parecía no importarle que la declararan culpable y no hacía nada por defenderse. El abogado le preguntó a María si podía aportar algún dato. Ella le comentó el texto de la carta de su madre, pero el letrado, aunque se mostró muy interesado en el asunto, siguió desanimado con la actitud de la detenida.

 

El siguiente paso fue llamar a Rodrigo. Él le confirmó lo mismo que había oído de labios del abogado. Marta había anunciado que no hablaría con nadie ni contestaría ninguna pregunta. Estaba desolado, sin saber qué camino tomar, pero le dijo que secundaría todas las iniciativas que tomara ella. La llamada de María a Emma tampoco solucionó nada. Emma había perdido su habitual presencia de ánimo y no quiso comentar nada de su conversación con Marta.

 

 

 

“No puedo hacer nada más que esperar”, pensaba María, sentada en el sillón del salón, enfrente del ventanal, mirando sin ver el jardín. Le dio las instrucciones a Eloísa para la cena de los niños. Ella no tomaría nada.

 

 “Y ahora, ¿qué?, ¿qué pasará mañana, y el  otro y el otro? Estoy segura, pongo la mano en el fuego por Marta, y más ahora. Ella es inocente, pero, ¿por qué no se defiende? Nunca le he expresado mis sentimientos, mi compañera de juegos cuando éramos pequeñas. Si queremos a alguien y no se lo demostramos es como si no pasara. Para mí contar con ella para todo era lo más natural y ahora, ¿cómo podré ayudarle? Y ese pusilánime del marido ahí está, desbordado por los acontecimientos, seguro que se preguntará en qué le va a afectar a él todo esto. La culpa es sólo mía. Todo me ha cogido por sorpresa, y, además, la muerte de mi madre. Me siento culpable por todo, por no haber ido con más frecuencia a verla, por trabajar, por no trabajar, por no dedicar más atención a mis hijos, por no darme cuenta de los tejemanejes de mi marido. ¿Les pasará igual a los hombres o es una carga solamente para mujeres? Aceptamos sin más todo lo que la sociedad nos echa encima. Y siempre hay alguien peor. Ahí está Emma. Tengo que hablar con Marta cuanto antes y decirle el contenido de la carta de mi madre, pero no quiere verme ni a mí, ni a nadie”.   

 

 

 

Continuará

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Comentarios

10.04 | 13:56

Me parece precioso el artículo y cómo lo expresas.
Gracias por tus sabias palabras que con el tiempo maduran en mi mente como lo hace un buen vino.

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17.05 | 21:08

gracias, de gran ayuda , sobre todo el análisis métrico.

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27.04 | 16:03

¿"Escribir para no pensar"...? Escribir para no llorar más bien-al menos en mi caso-
Es lo primero que he leido de tí y quiero decirte:!ADELANTE!

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27.04 | 15:51

De entrada no me sorprendes, pero sí me resuenas muy dentro, empatizo y nos reencuentro a las dos en tus palabras y en tu ilusión.

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